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Empedrados de Buenos Aires

Así como el asfalto esconde al viejo empedrado de las calles, la historia oficial esconde ese empate de olvidos y recuerdos que forman la memoria colectiva de nuestro damero urbano. Este weblog de voces múltiples nos habla de un espacio en común habitado por mundos a descubrir ¡vamos a andar!

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viernes, octubre 21, 2005

El duro empedrado del adios



CAMINO DEL BLOGGOPLIO QUE SE AVECINA
EL VIEJO COMANDANTE SE DESPIDE CON UN POSTEO INSPIRACION DE MATIAS Y UNA TARDE DE EMPEDRADOS LEVANTADOS POR EL TETRA CALENTADO POR EL SOL EN EL MARULO, SOBRE EL TABLON DE LA SINRAZÓN. QUE LO DISFRUTEN...


Un día en el diario de Aristóbulo Gonzalo del Valle Iberlucéa Prada Thompson

Día fabuloso el de hoy, che. Me desperté con el hormigueo del playboy ¿viste?, entonces no dudé y mientras la chica me traía el servicio para el desayuno, hurgué en El Conserva Herald en busca de algún affaire digno de un hombre de mundo como uno. Y allí estaba nomás; la sección deportes de este sábado anunciaba varios lances futbolísticos, ¡y qué mejor aventura que un safari popular entre las masas que concurren a la digna justa del balompié!... qué loco ¿no, che?. Ahí nomás la llamé a Felicitas, para que me asesore en el vestuario propicio para mi incursión por este extraño circo del vulgo.
- ¡Qué horror Chiche! – me espetó ella - ¡Qué vas a hacer vos entre esa gentuza!
- Un hombre de mundo, Felicitas, – le dije – debe afrontarlo todo y estar en contacto con la plebe en su hábitat... aunque no sea chic ¿entendés mon cherrie?
A lo que ella repuso:
- ¡Que sauvage, lo tuyo Chiche! ¿No te convertirás en un bruto energúmeno?
- Querida mía, un gentleman conserva siempre su compostura, y su temple morigera a la masa. – y dicho esto le acerqué el matutino para que elija un match.
- ¿Qué te parece este Chiche?, Barracas Central versus Deportivo Paraguayo – me dijo. – suena monísimo, ¡un encuentro internacional!, una paquetería...
- Brutal che, vamos a ver qué me pongo – consentí, mientras me calzaba unos breeches que ya había juzgado apropiados para la ocasión.
Me fui sencillito, para pasar desapercibido ¿viste vos?. Me llevé el polo Lacoste más chiruso que tenía, la chaquetita de tweed sobre el chalequito de piel de camello, gorrita escocesa y unas botitas Gucci forradas en piel, que ya estaban totalmente demodee.
Dejé el Rover; rápidamente asimilé el ritual para que el chófer me expenda el ticket del simpático y polvoriento ómnibus que me acercaba al suburbio en cuestión. Partimos entre los gases de una terrible descarga del tosco vehículo.
- Te tiro a tre’ cuadras tío. ¡Vamo’, vamo’, arriba! – me espetó el muy ordinario, frente a mi consulta por la locación del estadio. Y luego de un periplo horrísono, en el que dejé el coxis y tres cervicales, arribé a los lares del Team local, en el momento mismo en el que el patán parado a mi lado y que apoyaba su trasero contra mi asiento, tuvo una sonora flatulencia ¡My God!.
Unos botarates correteaban arreados por la autoridad y, mientras un hombre semidesnudo, obeso y velludo castigaba sin piedad a un grosero instrumento de percusión con lo que parecía un pedazo de manguera de jardín, me acerqué a un jovenzuelo con un tatoo espléndido de un cerdo y una gallina copulando; ¡pura simbología expresionista popular, che!. Lo interpelé:
- Valiente, ¿sabe usted dónde adquirir un palco o platea para el evento? –
- ¿Lo qué? - respondiome
- Es que a priori debo elegir una ubicación para observar la contienda – le aclaré
- Acá e’ todo tablón e’, Vo’, ¿qué joraca sos? ¿Quemero o Paragua?
- Simpatizo con los colores de vuestra chaquetilla – contesté al amable nativo, que me devolvió una sonrisa de tres dientes, un molar y dos caries.
- Esaaa... ¡aguante Barraca’! – me dijo en su dialecto y tomó mi rostro con sus manos que olían a orina seca, para estamparme un etílico ósculo ¿Te imaginás che?, ¡qué bochorno!
- Dale papá – dijo el petimetre y empujándome, hizo que me mezclara con una chusma sudorosa que hacía fila, para que agentes de la ley revisaran los enseres y viandas que llevaban para la ocasión.
- Oficial, no tengo nada que declarar – dije en el acceso – solo traje mis binóculos.
- No te hagás el langa y levantá los brazos pelotudo – me dijo aquel hombretón sin sutilezas, y en un ruborizante abuso de autoridad me manoseó como a un caco. Intenté una protesta, pero una marea de desaforados, me consiguió una ubicación inopinada al grito de – ¡Vamo’ viejita, moviendo el orto que empieza!
Pero al fin, después de tanto sofocón, me hallaba ante el colorido espectáculo. Pronto confraternicé con los aborígenes locales, que me hicieron sentir uno más: ¡Imaginate che, de tan apretados éramos como carne y uña!.
- ¡Qué dicharachera muchachada!-, hubiera dicho el bueno de Manucho Mejía Puente! De uñas hablando, un desgarbado a mi lado, compendió todas las aplicaciones que, como utensillo de higiene corporal, tiene aquella pequeña parte de la anatomía, y que yo pensaba, existía solo para que se gane la vida mi manicura. Unos rostros rubicundos de cuello abotagado y desbordantes vientres rollizos, ascendieron las gradas blandiendo enseñas y estandartes a la voz de:
- ¡Griten carajo! ¡Vamo’ que hay aguante hay!
Tanta algarabía me emocionó y en un rapto reloco exclamé
- ¡Avanti bersaglieri que la batalla e nostra!
Dos camaradas me emplazaron a compartir una extraña liturgia y, extendiéndome papel de diario y un ácido cabernet sauvignon box, me indicaron:
- Cayate rofo, cortá papel y chupá.
- Agarrá el trapo y pasalo – me dijo soez un tercero, mientras me extendía un tramo de tela sucia que exhibía el blasón de nuestra divisa. En medio del creciente frenesí surgieron del túnel los deportistas. Rugieron las parcialidades.
- ¡¡Aguante la quema!! – bramaron cientos de gargantas, ya emocionadas, ya embriagadas y yo, erguido entre dos gladiadores de largas crines, me sentí un cónsul en Roma... por supuesto che, salvando las distancias: aquellos veintidós infelices que corrían como cerdos en una porqueriza, dadas las características del field; remembraban la lucha feroz y salvaje del imperio. Algo apartados, algunos ancianos sabios en estas lides, debatían con arcaísmos sobre la virtud, la técnica y la táctica, mientras los contendientes se desmembraban por el esférico:
- ...Ese gil no sabe ni sacar un augol..., ... ya no hay güines, estos burros no levantan el cogote pa’ cer un pase..., ... el centrojás d’ellos e’ un carnicero e’...
Cuando un rival se acercó a nuestra posición para ejecutar un córner, le grite frases vulgares, exaltado por el fervor de nuestro público; fui brutal y zahiriente
- ¡Rufián! ¡Bellaco! ¡No podrás contra nuestros bravos! ¡ Morderéis el polvo!
- Mejor tirale con esto, gringo – me ofreció un natural de mi tribuna, alcanzándome una de las botellas que con diligencia, acababa de llenar con orina. Otro sector de la multitud vociferaba contra propios y ajenos en lenguas extrañas
- ¡Pérez! ¡Perroimierda, conchitunaherma!... ¡Chapa! ¡Turroijounagranp...!
Fue lo más. Ni en las travesías con el Maharajá de Kapurtala, ni en las laderas nevadas de Aspen, ni con las bestias de Kalahari, viví tal contacto con las fuerzas de la naturaleza my darling. Embravecidos por un fallo de la terna arbitral, que la parcialidad local luego tildó de injusto, cargamos contra la cerca perimetral y la integridad humana del referee... ¡Qué momento! Repelidos por gases sofocantes, cual manada de bóvidos, improvisamos una estampida hacia las salidas. En la huida, a través de la aldea de chapa y cartón, hubo tiempo para los souvenires: allí quedaron mi Piaget, los gemelos y mis binóculos, que a modo de recuerdo por mi visita, solicitaron unos morochones que se hacían con uno el free shop en serio. El jaleo arreciaba y me dije – Chiche, poné pies en polvorosa – tras lo cual me trepé a un chárter de ignota procedencia e indefinidos colores, del que solo me convenció el cartel que decía “Centro”. ¡Qué mala chanza, fijate vos! ¡Al centro de la batahola me llevo! Este arca, poblada de guaraníes en taparrabos, era punta de lanza de la retirada visitante. Como chamanes, proferían aullidos y devolvían la lluvia de piedras y cadenas que desmantelaba su catramina. ¡Y yo casi como Indiana Jones y la tribu perdida! ¡Qué cool, man!
- ¡Ña membuy! ¡Eyú tairongo! – proferían en trance, y mira che, ahí, vi la cosa negra; noté que no me encontraba con gente bien; porque ojo, aunque el populacho no sea gente como uno puede ser gente bien, ¿viste?. Cuando me enfrenté con el leader para hacerle notar que uno de los viandantes defecaba como un can entre dos asientos, y ya no se podía caminar de tantas deyecciones, toda su preocupación fue sacudirse el strass de restos de parabrisas de su cabello crespo y de su rostro, donde el sudor le había ganado la batalla a los colores del club... me indigné; encima, el muy vulgar, no paraba de masticar un delicatessen que llaman “morcipan”, dándome una clase de deglución audiovisual...
- Oiga, grosero, le estoy hablando – le dije en tono firme - ¿Cuál es su gracia?
A lo que con solazo, me replicó eructándome la tabla del siete... Shockeado de tanto horror, abandoné la promiscua tartana y luego de varios transbordos, casi en harapos, atravesé la frontera en Santa Fe y Pueyrredón.
Los ladridos de la petit poupeé me llenaron de paz. ¡Home sweet home! Y, mientras reponía fuerzas con algunas croissants en compañía de Felicitas, que dilegente servía el tea, le dije: - Ya lo dijo el prócer: civilization o barbarie y, queridita, aunque los autóctonos eran re-simpáticos, voy a necesitar un mes en la ciudad luz para reponer fuerzas: ¡reservá ya, ¿querés?!
Sergio Fidel Lema
A mis amigos Nacho, Traut, Matías, Luis Alberto, Jime, Santiago V., La Noe, Lunática, Juanchi, Chueco, Pía, los que no tengo presentes, el siempre mal ponderado Anónimo y a mis entrañables compañeros: Don Estanislao Balder y el buen Chinaski. SEE YOU SOON FOLKS!

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