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Empedrados de Buenos Aires

Así como el asfalto esconde al viejo empedrado de las calles, la historia oficial esconde ese empate de olvidos y recuerdos que forman la memoria colectiva de nuestro damero urbano. Este weblog de voces múltiples nos habla de un espacio en común habitado por mundos a descubrir ¡vamos a andar!

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sábado, mayo 13, 2006

Megalópolis: el nido (novela atroz por entregas) Parte VIII



V I I I

Levenssen se movía por entre medio de un enjambre de operarios, que usaban toda suerte de iluminación artificial.
A las siete y media de la tarde arribaron los científicos de la facultad de exactas. El grupo se internó en el complejo entre un mar de linternas. Las lámparas de los cascos desnudaron el camino hacia la parte afectada, donde estaban instaladas las fuentes lumínicas de alto poder. Sorteando cables, cañerías de compresores y todo tipo de herramientas, llegaron hasta donde se hallaba Levenssen.
Estrechándole la mano, el profesor Sergio Akanabe se presentó.
- Buenas noches ingeniero –sonrió – estoy a cargo del departamento de geofísica del instituto sismológico.
- Tengo trabajo para usted – lo tomó del brazo y lo condujo hacia la grieta mientras lo ponía al tanto de los acontecimientos. La última luz del crepúsculo enmarcó la marcha de los dos hombres.
Akanabe, hijo de inmigrantes japoneses, tenía a la sazón treinta y cuatro años. Los rasgos firmemente forjados de su raza habían tomado un sesgo muy latino, pues su expresión rebosaba viveza y picardía. Era un tipo pragmático pero dúctil a renunciar a preconceptos y de amplios recursos intelectuales para resolver cualquier situación, porimprevista que fuera. En lo suyo era brillante y dirigía desde su relativamente corta edad, un organismo encabezado habitualmente por patriarcas. Tenía sus flaquezas en lo emocional, probablemente herencia de su sangre. Místico, estudioso del alma humana;lo conmovían profundamente ciertos hechos que asociaba con la aspiración continua a una vida trascendente, más allá de lo profesional. Miraba detenidamente el aspecto del terreno circundante a la torre y al dirigirse al ingeniero en jefe no podía sospechar que ese día sellaría su destino al igual que el de su interlocutor.
- ¿Puede conducir a mis asistentes hasta aquí?
- ¡ Ubaldo!
Se acercó un operario de tez morena y mono azul de técnico.
- Traé a la gente del doctor Akanabe, que esperan en el perímetro de seguridad.
Efectivamente; los efectivos policiales habían establecido dos círculos de control: circundando el talud del terraplén, se había apostado un hombre cada cincuenta metros, en la pendiente exterior del mismo; de forma tal que los policías mismos no tenían contacto visual con los trabajos que tenían lugar en el sitio siniestrado; un segundo cordón se establecía en la alambrada que delimitaba el predio municipal. Por último, en los cruces más importantes en un radio de veinte cuadras, solo se permitía el acceso a gente que pudiese acreditar que se dirigía a su domicilio hasta donde era celosamente acompañada.
Partiendo nuevamente desde la escuela de policía, un helicóptero Gazelle, hacía las veces de patrulla y balizamiento; a falta de suministro eléctrico, se imponía que el aparato sirviera de radiofaro del corredor aéreo. Las gigantescas aeronaves comerciales mantenían en fase de aproximación cotas descendentes del orden de los cuatrocientos o trescientos cincuenta metros y la mole a oscuras de la torre rozaba con sus antenas los trescientos...
El helicóptero contaba con un silenciador de turbina para cumplir su tarea con discreción.
Un equipo táctico de élite, el “Grupo Gris”, se movía junto a los que trabajaban en el lugar afectado. Fueron ellos quienes condujeron hasta las inmediaciones de la torre al equipo de geólogos y su impedimenta.
Ni bien se reunieron con Akanabe, éste los puso al corriente de la situación y el grupo debatió varios minutos. Eran cinco. Ya en tinieblas, las dos mujeres del equipo, una cincuentona y una muchacha de unos venticinco quizás, desembalaron sus instrumentos.
El extractor de muestras de suelos, algo parecido a un martillo neumático con un sacabocados en la punta de la herramienta, lo empuñaba la chica, más corpulenta.
- Dame una mano con esto – le pidió a su compañera
Juntas articularon un aparato semejante a un detector militar de minas terrestres e ingenios explosivos: un largo bastón de plástico unido a un disco de dura baquelita que rozaba el suelo.
- Tené cuidado al colocar el tubo
La joven colocó en una ranura en la base del disco un ínfimo tubo de luz ultravioleta.
Finalmente adaptaron al mango una pequeña pantalla de monitoreo, que enfrentada al operador, permitía una rápida visualización de datos.
- Nos da información del terreno en metales preciosos; metales pesados; radioactividad; objetos extraños... – Akanabe leyó en el rostro de Levenssen la pregunta; mientras parado a su lado miraba intrigado trabajar a las científicas.
Ambas mujeres se colocaron gafas infrarrojas de visión nocturna, visores antiproyección de materiales que se fijaron por medio de una vincha, finos guantes de mallas antirradiaciones y barbijos con filtros para emanaciones tóxicas.
Los hombres las ayudaron a colocarse unos extraños delantales de aspecto metalizado pero ligeros como la seda, que cerrados por una unión adhesiva en la espalda, se pegaban al cuerpo hasta la altura de las botas de aislación termoeléctrica. Sobre los bolsillos de chalecos de trabajo y en bandolera, llevaban todo tipo de instrumental menor.
- Quiero un relevamiento al centímetro en un radio de cien metros.
- Sí doctor
Comenzaron delimitando una zona, en el área que pidió Akanabe, con estacas de puntas luminiscentes.
Mientras tanto, Levenssen había dejado solo al japonés y su gente y con Abadi y un técnico en estructuras se habían encaramado a uno de los pilotes basales de los cables tensores de la torre. Desde allí durante una hora, observó a los científicos realizar su trabajo. Los tres hombres de la facultad acercaron pesados cajones para muestras y racks de instrumental al borde mismo de la grieta. Dirigidos por Akanabe montaron un aparejo; dos de ellos se abrocharon arneses y calzándose máscaras y equipo de protección similar al de las mujeres, se descolgaron dentro de la hendidura en rappel con artificios de iluminación en casco y pecho; trabajaron sobre la pared de la fisura con piquetas y martillos a unos dos metros de profundidad uno y a unos diez el otro. Luego ascendieron y comenzaron a analizar los materiales obtenidos.
Levenssen dirigió luego su atención al grupo reunido
frente al acceso de ascensores de la torre. Allí, al frente de los electricistas, trabajaba el jefe de proyectistas del parque.
- Permiso – trepando al pilote, Manuel, el agrimensor, llegaba jadeando por el esfuerzo.
Apoyando una mano sobre el hombro de Levenssen, avanzó sobre el plano inclinado hacia Abadi que estaba acuclillado algo más arriba.
- Tomás, te quiere ver el japonés de la facultad – le dijo a Levenssen mientras se acomodaba
El ingeniero se asomó mirando hacia las tinieblas
- ¡ Venga ! – divisó a Akanabe que se acercaba.
Tendieron una mano al científico, que trepó agilmente con las botas contra el granito.
Acuclillado él también sobre el basamento trapezoidal, se sintió pequeño por su talla entre Abadi y Levenssen.
- Profesor, estamos estudiando la posibilidad de corregir el ángulo que tomó la torre.
- ¿ Está torcida ? – Observó la mole con atención – Ah, sí, ahora lo noto.
- Necesitamos saber qué riesgos implica traccionar mecanicamente sobre ese suelo que nos es de características desconocidas y qué posibilidades hay de que se produzcan nuevos desplazamientos del terreno o cambios en su morfología.
- Justamente, le quería informar que...
- En realidad, lo que esperamos es que nos diga qué mierda pasó acá.
El geólogo meneó la cabeza con contrariedad por toda respuesta inmediata. Luego miró a Abadi, quien había hecho la acotación.
- Disculpenme – dijo Levenssen - ¿No los presenté?
El joven ingeniero tendió la mano a Akanabe
- Estoy a cargo de mantenimiento
- Y yo estoy en pelotas – respondió el japonés y todos rieron estrepitosamente – No, en serio, esto es insólito, en este momento estoy esperando contactarme con un par de colegas del exterior que poseen los más amplios registros que se conozcan para ver si hay
algún antecedente que semeje lo que estamos viendo.
Dos metros más arriba del plano inclinado que formaba ese basamento, el agrimensor y el técnico en estructuras habían fijado al tornillo tensor del cable de anclaje de la torre una enorme llave de fuerza unida a un torquímetro digital.
- ¿Todo bien Manuel?
Del cuello del agrimensor colgaba un telémetro óptico. Envueltos los hombres en penumbras, solo se divisaban los leds rojos que formaban las cifras de los instrumentos.
- Necesito que alguien me tenga esto mientras mido algunos ángulos con Juan. – en alusión al técnico a su lado.
- Esperá que ahí voy – Abadi trepó hacia ellos
- La verdad no entiendo – Akanabe hizo un gesto abarcativo con su mano de derecha a izquierda – si no supiera donde estoy, diría que parece el relieve del suelo de una isla volcánica; basalto puro. También confirmamos la presencia de silicatos de magnesio y calcio, feldespato, broncita...
- Profesor, esta es una zona de tierras negras y rellenos ecológicos. ¿Qué pasó? ¿Se petrificó todo lo que componía el suelo? ¿Puede transformarse la materia de la corteza terrestre de esa forma verdaderamente?
- No sé, no tengo mucho en claro todavía. Hay elementos para nosotros familiares, que me evidencian un fenómeno de tipo volcánico; la inclinación de la torre puede deberse al pandeo del suelo. Pensé que la grieta podría ser un cráter parásito o inicial de baja energía, hay presencia de piedra pómez que es vidrio volcánico esponjoso e incluso los efectos de temperatura podrían deberse a la liberación de vapor de agua a mucha presión pero que generalmente sale a muchísimo más calor... con eso y las cenizas que muestreamos, que son de origen orgánico, se acaba toda la lógica. No se tuvo registro en el instituto del movimiento de tierra que ustedes percibieron esta tarde, ya lo hice chequear, no
hay presencia de dióxido de carbono; las cenizas...- meneo la cabeza – no son polvo abrasivo de quarzo o mica, son materia orgánica – repitió incrédulo e hizo una pausa – Si tuvo lugar por la mañana el desplazamiento de una placa orográfica, otra posibilidad, tendría que haber cambiado el aspecto del conjunto del terreno en un área circundante extensa y aquí todo se circunscribe a la porción de superficie del parque delimitada por eltalud... – el científico se mostraba confuso, miró a Levenssen – No hubo ni en épocas remotas actividad volcánica en quinientos kilómetros a la redonda, jamás.
- Déjeme darle mi impresión de neófito. Se produce un movimiento de tierra que no se nota más que en este sitio de mierda, con grieta incluída, liberación de material volcánico, calor, radioactividad, gases del infierno y no se que otras basuras; que parece primero ablandar el terreno lo suficiente para hundir casi siete metros a esa estructura de dos mil toneladas y trescientos metros de altura y después se endurece a tal punto que a duras penas se le puede arrancar una muestra ¡ Y todo esto pasa en los dos kilómetros cuadrados de mi parque! – pasó la mano sobre su cara y se frotó la frente – Tiene que ser un mal sueño.
Mientras observaban, ahora en silencio, los trabajadores pasaban presurosos ante los abanicos de luz para perderse de nuevo en las sombras, en una secuencia de escenas extrañas y confusas. Técnicos en ropa de trabajo; personal a cargo de los grupos electrógenos;los operarios de Kurt; los científicos del instituto con su extraña impedimenta; los electricistas llevando serpenteantes y multicolores conductores de recambio; la gente de parquización acarreando sacos y sacos de resaca, reforestando las áreas menos afectadas y en medio de esa multitud que desarrollaba una actividad desenfrenada, apostados inmóviles en sus uniformes miméticos,los hombres del Grupo Gris montaban guardia con sus sofisticadas armas.
Abadi dijo – Tiene algo de dantesco todo esto, ¿no?

Al perímetro de seguridad iban llegando considerables cantidades de materiales varios: pintura, cañerías,aislantes, elementos de jardinería, sacos de tierra, artefactos de iluminación, bidones con todo tipo de limpiadores industriales y otros implementos en un impresionante despliegue logístico para revertir el estado del parque.
- Este frío es inusual – Akanabe rompió el silencio abrochándose el botón del cuello de su chaqueta.
- Sí – asintió Levenssen – vamos a ver cómo avanza esto – le palmeó la espalda y se incorporó sobre el bloque de granito.
Se había establecido con Levenssen una mutua confianza, propia de dos hombres capaces, que reconocen a un par en situaciones de prueba y extrema confusión.
- ¡ Vamos Luis!
Abadi dejó con sus cálculos al técnico y al agrimensor para unirse a su jefe que junto con el geólogo descendía del basamento. Eran más de las once de la noche.

Frente a la zona de acceso de ascensores de la torre se separaron los dos ingenieros de Akanabe y este último se dirigió hacia la grieta, donde trabajaba su equipo.
- ¿ Saca algo en claro el “ponja” este? – preguntó Abadi
- Vamos a tener que confiar en él Luis; el tipo es una autoridad. Pero sin ser un experto en el tema yo mismo me doy cuenta que acá han ocurrido una cantidad de cosas sin sentido ni explicación posible...- Levenssen distinguió a Kurt entre los tipos que estaban trabajando a una veintena de metros. El alemán vino a su encuentro; pese al frío trnaspiraba.
- Tomás, no podemos horadar este piso de roca a menos que traigamos equipo de prospección petrolera o algo por el estilo
- El equipo que trajo Akanabe, ¿no servirá?
- Sí, para sacar guijarros, piedritas, ¡ yo tengo que perforar metros!
- Tengo que darle un informe a Azcuénaga para después de la medianoche...
- Jefe, como yo lo veo el único problema vamos a tenerlo con la torre, lo demás está en vías de solución y... – se interrumpió pues algo ocurría al pie de ésta.
Frente al ascensor norte vociferaba el jefe de electricistas y Luis Abadi apresuraba el paso desde los veinte o venticinco metros que distaban desde donde hablaban Levenssen y el alemán.
- Y muchachos, ¿qué pasa? – preguntó al acercarse
- Hola Luisito – el obeso jefe de electricistas estaba contrariado – avisale a Tomás que hay un boludo allá arriba.
- ¿Cómo? No, estás loco.
- Vení vos y comprobalo – invitó el gordo.
- Se acercaron a la puerta del ascensor en la base misma de la torre. Tres hombres trabajaban sobre ella; uno urgaba con un tester el desarmado panel digital de mando ubicado junto a la entrada y otros dos revisaban la célula fotoeléctrica de apertura y el tablero del ascensor mismo. Cada tanto saltaba algún chispazo del cableado junto a la puerta, entonces con un ronroneo ésta amagaba cerrarse; acto seguido sonaba un timbre, se encendía la luz de alarma mecánica y las hojas, que apenas habían iniciado un movimiento de cierre, volvían a abrirse.
Junto al panel de mando exterior, un intercomunicador permitía el contacto con los otros niveles de la torre.
Apretando el botón para hablar, el electricista dijo a Abadi – Probá.
- ¿Hay alguién ahí? ¿Me escuchan?
Silencio
- Hablo desde el puesto de base norte, si alguien me escucha conteste por favor – el gordo dejó de oprimir el botón nuevamente para pasar a escucha.
De pronto el pequeño parlante cobró vida con un sonido rasposo que se convirtió en un jadeo y luego en una sonora carcajada metálica.
- ¡¿ Quién carajo...?! – la mano de Levenssen se apoyó en el hombro del joven haciéndolo callar. Parado a su lado junto a Kurt, habían llegado a tiempo para escuchar también.
El alemán miró a los ingenieros sacudiendo la cabeza
- No puede ser – aclaró – desde la mañana que los ascensores no funcionan y los de seguridad de la noche no tenían llave de acceso al panel de mando.
El intercomunicador carraspeó nuevamente y se repitió el jadeo y la carcajada ronca y gutural.
Irritado, Levenssen pulsó el micrófono
- No sé quién es, idiota – dijo con furor – pero está metido en un quilombo de esos que no se imagina. Mejor dese a conocer y baje inmediatamente – amenazó.
Los electricistas habían dejado de trabajar y miraban entre curiosos y atónitos. También se habían acercado varios de los hombres de Kurt, entre ellos Ubaldo, que hizo un ademán a su jefe con la radio de éste en la mano.
- ¡ Lo llama Azcuénaga !
- ¡ Después ! - ordenó
Ubaldo contestó entonces algo al administrador mientras los hombres se agrupaban frente al ascensor estropeado. Poco a poco disminuyó el ruido que producían las diversas actividades, hasta que el grupo reunido en torno a los técnicos en jefe solo escuchó el zumbido de los generadores, una diesel portátil y muy apagada la turbina del helicóptero.
En su uniforme gris-blanco-negro mimético, se presentó un oficial ante Levenssen.
- Capitán Aguirre, señor. ¿ Cuál es la dificultad ?
El ingeniero enfrentó al policía apartándose del panel.
- ¿ Usted es el jefe táctico que mandó Duronea?
- Sí señor. Afirmativo.
Era un tipo grandote, cobrizo y de ojos grises; la cara, muy curtida, contrastaba con una expresión franca y amable.
- Pues bien, tengo a alguien ahí arriba capitán y no es de los nuestros.
Levantaron la vista hasta que les dolió el cuello. Desde esa posición tan próxima a la estructura, solo podían ver la base hexagonal del nivel uno.
- ¿ Es alguien... ? – comenzó a decir el policía, pero Levenssen lo cortó
- No puede ser personal nuestro, seguro; debe estar ahí desde anoche u hoy muy temprano. Parece un demente de mierda.
Se miraron un instante. El oficial chasqueó los dedos en alto y se arrimó uno de sus hombres con radio y laringófono.
- Un intruso en nivel uno – fue la escueta explicación
Sin más, el otro policía militarizado comenzó a dar instrucciones por la radio. Aguirre miró al ingeniero
- ¿ Algún sistema de ventilación, alguna tubería que llegue al nivel uno ?
Abadi fue quien le contestó
- Las máquinas están en la base y los conductos suben por el centro de la estructura; una escalera que los envuelve permite el acceso por el interior a los distintos niveles.
- ¿ Cómo entramos?
- Ese es el punto. Fíjese – señalaba la cara contigua del hexágono de diez metros de lado que tenía la mole a nivel de la superficie, teniendo en cuenta su forma ligeramente troncopiramidal.
El oficial miró frustrado – Que cagada – dijo entre dientes.
Esa parte estaba tan hundida en el suelo rocoso, que solo sobresalían diez o quince centímetros de la parte superior de la puerta de acceso al interior. En efecto, a los ascensores se llegaba luego de subir unos treinta escalones desde la plataforma para que el público forme fila y ahora sus puertas estaban a ras del piso, lo que evidenciaba lo profundo que se había enterrado la mole.
- ¿ Y si cortamos la placa metálica ? – el policía palmeó la superficie lateral
- Ni pensarlo – dijo Abadi – quemaríamos más conductores y terminales. Podríamos generar la combustión de algún material interno con el soplete.
Llegaron tres uniformados con lo que parecían tres botellas de aire comprimido.
Aguirre entró al cubo de acero del ascensor, inspeccionándolo. Se le aproximó el hombre del laringófono y le ofreció los auriculares.
- Duronea desde el departamento, capitán
Se colocó el aparato mientras revisaba con atención el techo del elevador, acercó a su boca el micrófono incorporado.
- Aguirre habla señor, procedo a desalojar un intruso del nivel uno de la torre – hizo un silencio y escuchó, luego dijo – no se, un maniático o un saboteador; en cuanto lo bajemos vamos a tratar de establecer una relación – Sus ojos hallaron lo que buscaban: en la superficie espejada del techo del ascensor se adivinaba una pequeña esclusa de ventilación. Hizo señas a sus hombres, dos de ellos levantaron en vilo a un tercero en aquel reducido espacioTerminó la comunicación- Ahá, sí, estoy procediendo. Ok, lo tengo al tanto
El y dos de los policías salieron del ascensor y el restante quedó junto al regulador de los botellones. Se acercó al intercomunicador, espectante de los movimientos de sus hombres, que tomaban posición. Autorizado, su segundo hizo una seña al hombre en el cubo del ascensor.
- Pónganse las máscaras – ordenó y moviéndose hacia los hombres agrupados en torno agregó
- Por favor, retírense unos metros
Operarios y electricistas retrocedieron saliendo prudentemente de los haces de luz.
El capitán habló por el intercomunicador.
- ¡ Policía Metropolitana ! – vociferó – tiene treinta segundos para darse a conocer y proceder a desalojar con o sin ayuda ese recinto de la manera más conveniente: tranquilo y obedeciendo. No nos obligue a ser drásticos – dicho esto retrocedió dos pasos hacia su segundo.
- Este tarado quiere llamar la atención - sentenció – pero ojo que puede ser un piromaníaco o un francotirador – estudió, alzando la vista, las placas lisas de metal de la estructura y los perfiles y vigas de metal que desplegados a unos ciento veinte metros del piso, soportaban la plataforma del primer nivel. Había allí dos o tres trampillas que seguramente tenían como fin permitir a los técnicos la inspección exterior y que ofrecían inmejorable visibilidad en los trescientos sesenta grados y a la vez un buen resguardo para un loco bien parapetado.
- Ideal para un mierda con un fusil – pensó en voz alta
El segundo había seguido la recorrida visual de Aguirre.
- Comprendo – dijo a su superior
- Guareceme a los civiles
El suboficial se apartó un trecho y por su laringófono estableció una comunicación. Se escucharon motores que se ponían en marcha y pasando por debajo del puente del terraplén avanzaron por el acceso al sector azul, dos blindados livianos de asalto.
Los ágiles vehículos de seis ruedas sortearon todo tipo de escombros e impedimenta y luego de rodear las fuentes de aguas danzantes, se estacionaron transveralmente frente a la plataforma de acceso a ascensores.
Se abrieron sus escotillas traseras.
Aguirre le indicó entonces a Levenssen
- Por favor ingeniero, proteja a su gente tras los vehículos de transporte de personal
- Capitán, vamos muy atrasados, ¿ es necesario ?
En voz baja puntualizó- Créame que si ese infeliz tiene un rifle o algo así y nos quedamos expuestos, vamos a tener algo más que un atraso.
Se acomodaron dentro y detrás de los vehículos, algunos tras el pequeño parapeto que ofrecían las fuentes.
Agachado al lado de Levenssen, Akanabe hacía señas a la geóloga más joven.
La muchacha se acercó y se sentó a su lado, apoyando su pesado equipo contra la rueda de uno de los blindados. Otro de los hombres del grupo, que estaba trabajando en la grieta, se acuclilló frente a ellos con el arnés aún puesto y los mosquetones tintineando en su cintura.
- Doc, ¿nos trajiste a la guerra? – le dijo la muchacha con la cara sudada y una sonrisa maravillosa.
Akanabe rió y ella agregó
- Prometeme como mínimo que ese ingeniero amigo del Gran Jefe Levenssen, me hará el amor por lo menos
- ¿ Quién?, ¿ Luis? – preguntó Levenssen, que había escuchado.
- Sí, qué pedazo de tipo – dijo la geóloga con desfachatez.
- Querida Marisa – le contestó el japonés – no sé que opinara el Gran Jefe acá presente, pero con esa indumentaria tu galán te va a confundir con un ser de película de ciencia-ficción barata. En esas condiciones no garantizo nada. – Todos rieron.
Una vez a resguardo las cuarenta o cuarenta y cinco personas que trabajaban en el sector, Aguirre volvió a aproximarse al intercomunicador e hizo gestos a Kurt y al jefe de electricistas para que fuesen hasta allí. Los policías del grupo especial tomaron posiciones retrocediendo en círculo unos cincuenta metros con respecto a los ascensores, para poder apuntar sus armas a los ventanales del primer nivel. Solo permanecían en la base el hombre que manipulaba los botellones, el capitán y su segundo, fusil en mano.
Nuevamente presionó la tecla para hablar con el nivel uno
- ¿Me escuchás estúpido mental?
Una risa escalofriante contestó estruendosa, sobresaltando al oficial, que retrocedió dos pasos, pues esa carcajada demoníaca y demencial parecía salir detrás del mismo panel donde estaba instalado el intercomunicador.
- ¡JA!, ¡JA!, ¡JA!, ¡JA, JA, JA!, ¡JA, JA,JA,JA,JA,JA,JA!!! ¡JA, JA, JA, ja, ja, ja, jaj, aj, aj, aj... !! – la risa se ahogó en un jadeo espantoso -



-Vini, vini Hades... vini... VINI...!!- era una voz cascada y aguardentosa; un susurro obsceno amplificado en un inmenso vacío. Kurt y el gordo electricista se miraron incómodos y pálidos; el intenso frío reinente les condensaba la respiración al exhalar.

- Se te acabó el tiempo - Aguirre hizo una última señal al hombre que manipulaba los tubos de gas. Ëste, con la máscara colocada, abrió la válvula y a través del techo del ascensor, comenzó a subir por el hueco una nube densa de fortísimo gas lacrimógeno. El policía salió del cubo de metal y retrocedió arma en mano hasta donde estaban sus compañeros.
- En veinte segundos no se podrá respirar en ningún rincón de la torre - comentó el capitán - preparémonos
El segundo tocó en el hombro al alemán y al electricista indicándoles que se agacharan y él, agachado a su vez, se puso delante de ambos y junto a la puerta cerrada del ascensor sur, que se hallaba en el primer nivel.
Transcurrido medio minuto, el oficial se acercó nuevamente al panel de comunicación, acercó la mano al interruptor, pero antes que terminara el gesto, se sobresaltó sorprendido.
- Brrr... Clanck! - súbita y estrepitosamente se cerraron las puertas del ascensor que se hallaba detenido en la base. Pudo oirse como caían los botellones de gas en el interior del elevador, percibirse un sacudón y el ascensor comenzó a subir vertiginosamente.
- La gran puta... no puede ser... - el electricista miró anonadado a Kurt - Estuvimos probando casi dos horas y el mecanismo de las puertas no...

- ¡Se detuvo! - el segundo de Aguirre se volvió hacia su jefe y le mostraba la luz en el tablero que les indicada que el ascensor había llegado al nivel uno.

Pasaron dos minutos.

- ¡Crash, Crash, Crash!

- ¡Cuidado!!!

Entre restos y fragmentos de los gruesos cristales, humeantes aún, caían los tubos de gas desde casi cien metros de altura. Con un fragor sordo, el primero se aplastó contra un cantero y...
- BROMMMM!!!! ahhhh!!!!! - quebrada la válvula del reguladot, se produjo una violenta explosión junto al compresor de un martillo neumático y dos hombre volaron literalmente por el aire.
- Fuego!!! - gritó Aguirre
Los fogonazos y estampidos de las armas automáticas se desataron como un huracán de fuego y plomo. Los ventanales del nivel uno se desintegraban y los proyectores que iluminaban la torre, hacían danzar cascadas de luz.
- ¡Cúbranse con las camperas!! - Fue la advertencia para el alemán y el gordo que se agacharon bajo la tormenta de fragmentos de vidrio.
Las vainas servidas sembraron el suelo. Los policías de pie, elgunos al descubierto, recargaban sus armas. Uno de ellos se acuclilló en el techo de uno de los blindados y disparó un lanzagranadas; el proyectil pasó muy por debajo de la plataforma.



-¡Otra vez! - pidió el capitán
El grupo comando corrigió el tiro y efectuaron tres o cuatro disparos de granadas en rápida sucesión: el segundo y el tercer proyectil, reventaron con terribles explosiones en el interior de la plataforma hexagonal.
- ¡Eso! ¡Más!
Todos los operarios estaban cuerpo a tierra con las manos sobre cabeza y oídos. Un denso humo con destellos rojizos brotaba desde los destruídos ventanales.
Kurt, con el pelo lleno de astillas de vidrio sintió sobre su cabeza un zumbido familiar...
- ¡El ascensor capitán - grito
La luz en el panel de la estructura que indicaba el nivel del elevador, descendía a gran velocidad. El Segundo, que junto al que manipulaba los tubos de gas había retrocedido para disparar hacia arriba; volvió a correr hacia la puerta mientras gritaba:
¡ Dos y Cinco, denme apoyo de fuego!
Ambos policías pusieron sus espaldas contra el panel de aluminio a ambos lados de la puerta del elevador y otros dos enfilaron sus armas contra las puertas.
- ¡Vamos, fuera! - Kurt sintió que Aguirre le arrastraba de un brazo hacia los vehículos - ¡Usted también! - le gritó al electricista.
- Blum!, Clack! Rummmmmm - el ascensor llegó a la base y las puertas se abrieron escasos treinta centímetros, antes de quedar trabadas. Un proyector y varias linternas convergieron en el oscuro hueco, del que aún manaba denso gas lacrimógeno. Nada ocurrió.
El Segundo apoyó una bota contra el borde de una de las pesadas hojas de la puerta y empujó, haciendo fuerza intentando vencer la resistencia de los pistones hidráulicos. Fue en vano. Oriento otra vez su linterna hacia el interior y recorrió con la luz aquella caja de metal saturada de espeso humo; en el piso notó cierto líquido pringoso, como saliva de animal.
- Vacío - anunció apretando el micrófono contra su boca - ¿Señor...? - inquirió en alusión a Aguirre
- Sí, ya te escuché - respondió el capitán desde la barricada que se formó tras los blindados. Aguirre buscó a Levenssen con la vista.
- ¡Ingeniero! - con gestos le pidió que se acerque y habló nuevamente a su segundo oficial.
- Te mando gente para abrir el ascensor; suban y bajen a ese hijo hijo de puta
- Entendido, listo
Requerido Levenssen, envió a Ubaldo con dos electricistas, que corrieron hasta donde se hallaban los hombres de Aguirre. Uno de ellos, el muchacho llamado gutiérrez, inspecionó agachado la zona de contacto de las hojas de la puerta; mientras, Ubaldo y el otro desarmaban el panel.
- Voy a puentear la llave de apertura - dijo el que trabajaba junto a Ubaldo. Saltaron chispazos, zumbaron los mecanismos, pero al igual que antes, las empecinadas hojas negaron abrirse.
- Qué turra - murmuró Ubaldo - Probá la fotocélula - le indicó a Gutiérrez
El chico, agachado, tomó de su cinturón de trabajo un largo destornillador y, colgando de la punta de éste un pañuelo, lo introdujo en el interior del ascensor, para tapar el rojo ojo electrónico ubicado a ras del piso: el resultado fue tan frustrante como con el interruptor, nulo.
- Voy a ver si alcanzo el panel interior - dijo Gutiérrez
Introdujo su cuerpo lateralmente, como pudo, con gran esfuerzo, por aquella pequeñas separación de las hojas de la puerta. Estirando el brazo intentó llegar al tablero. Tosió haciendo arcadas y desencajó el hombro, retirando la cabeza hacia atrás.
- Ajjj... - lagrimeaba por el gas que todavía había en el interior
Uno de los policías se quitó la máscara y lo ayudó a colocársela. Apretando el filtro contra el rostro, inspiró profundamente y levantó el pulgar. Munido del destornillador, volvió a meter el cuerpo entre las gruesas placas metálicas de la puerta.
- ¿Me escuchás? - en los auriculares del Segundo, irrumpió la voz de Aguirre - ¿Qué pasa?
- Tratamos de abrirlo, pero esta mierda anda cuando quiere - repondió el inerpelado
- Hay dos operarios con esquirlas de metal en todo el cuerpo, los están evacuando ahora - le informé el capitán - quiero que bajen a ese cabrón enseguida, porque...
- ¡Mnngggg! - el Segundo dejó de escuchar y miró las puertas. Gutiérrez se quejó a su lado y el oficial olvidó a su superior.
- ¡Mnngggg!! - el muchacho tenía la cabeza flexionada sobre el hombro derecho, que había introducido en el ascensor.
- ¿Se te salió la máscara che?
Ubaldo se dio cuenta de que algo grave pasaba. El chico, con medio cuerpo del elevador, había apoyado la mano izquierda contra la superficie reluciente de la puerta y desesperadamente luchaba por soltarse de algo que parecía haberlo atrapado por el brazo.
- ¿Ayyy! ¡Ahhh! ¡Socorro! ¡Aggg! - sus gritos sonaban ahogados por la mascarilla y por la posición de su cabeza, sujeta evidentemente también por algo o alguien.
- ¡Sáquenme!! ¡Ahhh!! ¡Arghhh!!!!...
Enloquecido, Ubaldo lo tomó rodeándo con sus brazos la cintura y tiró hacia atrás con todas sus fuerzas, levantando en el aire las piernas del desgraciado, como si en la espalda, tensa por el esfuerzo, tuviera una bisagra.
¿ Lo tiene agarrado!! - gritó Ubaldo a un suboficial, que saliendo del shock por lo inesperado y violento del ataque, pasó su mano izquierda por la axila del chico y también tiró con ímpetu, mientras que sostenía el fusil empuñado en su brazo derecho.
Los dos hombres tiraban furiosamente hacia ellos el cuerpo del muchacho; éste gemía y hacía arcadas.
- ¿Aguantá! - lew gritó Ubaldo - ¡No aflojés!
- ¿Qué pasa?!, ¡¿ Qué pasa?! - Aguirre gritaba por el miniauricular que su Segundo tenía colocado en el oido
Éste, que se había sumado a la lucha tomando por las piernas al muchach, lo soltó un instante para arrancarse el laringófono de la cabeza. Al hacerlo, Gutiérrez no resistió, aflojó la tensión de su brazo libre con el que se aguantaba contra el lado de la puerta y medio cuerpo le fue arrastrado al interior del ascensor con tal violencia que ubaldo se fue de bruces al piso, pero aún firmemente agarrado a su cintura.
- ¡Ayúdenme!! ¡AYUDENME CARAJO!!! ¡AHHHH!!!
El suboficial, dejando su fusil en el piso, y otro efectivo, aferraron las piernas del infortunado ayudando a Ubaldo para librar al infortunado que emitía horribles gemidos ahogados.
- Mnnnnggg!!! Ugggg!!!
Forcejearon desenfrenadamente sin poder ver con qué luchaban, cegados por los gases lacrimógenos, que impregnados de un terrible olor a podredumbre, emanaban del ascensor; semejaba el tufo del excremento de perro.
- ¡¡AHHHH!! - en un segundo de horror, Gutiérrez zafó su cabeza y, ahogado, con la máscara arrancada, giró el rostro, lo que de él quedaba, mirando a los hombres que intentaban liberarlo. Su cara estaba surcada por tres heridas terribles, lacerantes y profundas, que lo habían dejado en carne viva. Por un orificio irregular en su mejilla se le veía el costado del maxilar y parte de la dentadura inferior y, al retraer la lengua para volver a gritar, se le salió por esa espantosa abertura en la carne blanda; al no poder tragar, se ahogaba en su propia saliva que se mezclaba con la sangre.
- ¡REVENTALO!! - rugió el Segundo al hombre que tironeaba con él del muchacho. Este último, sin soltar su brazo izquierdo de la pierna del chico, empuñó con el diestro el fusil e introduciéndolo entre las hojas metálicas de la puerta disparó ráfagas en automático.
- ¡JA, JA, JA, JA, JA, JAJ!! - la escalofriante risotada, grosera y obscena, les llegó junto a un hálito de vísceras de animales, desde el interior del cubo del ascensor, cuando se repitió, el terror exacerbó a los hombres.
- ¡DISPAREN!!!!
En una escena infernal, tres policías hacían fuego sin cesar hacia la oscuridad, por sobre el cuerpo del infeliz atrapado. Aguirre y otros dos efectivos, Kurt, Levenssen; todos corrieron hasta el lugar y en el momento en que llegaban, cuando el capitán se unía a sus hombres con los disparos de su pistola automática, el ruido de una campanilla se impuso por lo absurdo sobre el fragor de los fusiles: -¡Tín!
Se detuvo la acción como congelada.
- ¡Es el ascensor!
Las pesadas puertas se cerraron sobre el cuerpo de Gutiérrez y presionaron. Por lógica, el sistema de seguridad debería haberlas abierto nuevamente al haller un obstáculo, por más que el ojo electrónico de la fotocélula, al ras del piso, no lo detectara. Pero contra toda previsión, luego de apretar brutalmente a la víctima al trabarse ambas hojas, el ascensor comenzó a subir.
- No ¡No!, ¡No puede ser!! - bramó Kurt
- ¡La puta madre! ¡Párenlo desde el panel!, ¡Cortá todos los cables!! - gritaba Ubaldo al otro electricista que en un gesto inútil, cercenaba toda la instalación con su alicate entre grandes chispazos eléctricos
Ubaldo se aferraba todavía al tobillo de su hombre, pero al elevarse el cuerpo empujado por el piso del ascensor, ya no pudo hacer más y soltó, cayendo sentado al piso. La plataforma del elevador siguió sibiendo hasta que el cuerpo hizo tope contra el marco superior de las puertas. Durante cinco segundos quizás, el elevador de alta velocidad permaneció trabado por esa cuña humana; luego, con un ruido como de quien quiebra una tablilla de madera, se le rompió columna vertebral del cuerpo y libre de la parte inferior del desdichado, el ascensor cobró velocidad y ganó altura. Bañando en sangre a los hombres que debajo miraban impotentes, cayó la parte inferior del cuerpo seccionado por debajo del tórax que aún tuvo un último estertor mientras una mancha de orina se extendía por los pantalones aún sujetos por el cinturón de trabajo...
Uno de los policías se arrodilló y empezó a vomitar, Ubaldo bramó como un animal herido y la noche se llenó de gritos.



Continuará...

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