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Empedrados de Buenos Aires

Así como el asfalto esconde al viejo empedrado de las calles, la historia oficial esconde ese empate de olvidos y recuerdos que forman la memoria colectiva de nuestro damero urbano. Este weblog de voces múltiples nos habla de un espacio en común habitado por mundos a descubrir ¡vamos a andar!

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viernes, junio 23, 2006

Los Nombres de las Calles V: Los dueños de la tierra

CALFUCURÁ

El "Señor de las Pampas" era descendiente directo de las heroicas gestas de los jefes araucanos que, provenientes de Chile, resistieron por siglos el dominio español en el norte de la Patagonia, el Comahue y las Pampas. Se instalaron en el actual territorio argentino a comienzos del Siglo XIX. Un cacique sobresalió entre todos los de este largo período de la historia pampeana por su valentía sin límites, por su destreza inusual en el manejo de la lanza, por su oratoria cautivante y por su astucia. Durante los muchos años de tortuosa y sangrienta conformación de la patria como nación, la historia de estos terruños giró en torno de su nombre, temido y respetado aún por sus enemigos.
Calfucurá significaba "piedra azul" en lengua indígena y tiene su origen en una creencia muy difundida entre sus seguidores. Según ella, siendo niño aún, había recibido una péqueña piedra de ese color de manos de Huecuvú, divinidad que con ese gesto lo había convertido en invencible. Y si bien es cierto que algunas batallas demostraron lo contrario, probaron también que era casi indomable.
Tenía el tipo físico de los indios patagones, de quienes descendía: muy alto, de hombros anchos y pecho prominente; su renegrida cabellera enmarcaba un rostro sereno en el que sobresalían los ojos vivaces y escrutadores, signo inconfundible de gran inteligencia. Cuentan que al llegar a territorio de la hoy Argentina, bordeaba los cien años de edad, aunque mantenía intacto su vigor y montaba a caballo con la ligereza propia de los jinetes más jóvenes de la tribu.
Agraciado con el don de la palabra, su voz grave y sonora solía entregarse a extensas peroratas que la numerosa muchedumbre de sus súbditos escuchaba embelesada. Al igual que la mayoría de los indígenas que poblaron la Pampa, Calfucurá practicaba la poligamia: llegó a tener hasta 32 esposas, las que le dieron docenas de hijos. según las crónicas de quienes lo conocieron, gustaba recibir a sus visitantes acompañado de su mujer más joven y de la más vieja: ésta última se encargaba de cuidar que no se apagara la pipa que fumaba el cacique, en tanto que la más joven compartía su comida.
Calfucurá fue un eximio guerrero y un conductor político no menos hábil, dos cualidades que puso de manifiesto durante toda su acción en las tierras de la actual Argentina. Sus primeras escaramuzas las libró en la zona de Salinas Grandes, de donde consiguió expulsar a los Vorogas, hasta entonces dueños de la región, tras una breve lucha. Después de su triunfo y dando una prueba acabada de su astucia, exterminó a los jefes vencidos pero supo mostrarse clemente con la gran masa de indios, que de inmediato se volcó a su favor. Envió entonces una notificación a todos los caciques de la región, para avisarles que por la voluntad de Gunechén (Dios), había cambiado el gobierno de Salinas Grandes y se había erigido en Jefe Supremo.
Entre los emisarios portadores del mensaje estaba su hermano, Namuncurá (pie de piedra), quien se dirigió a Buenos Aires con la misión de entrevistarse con el gobernador de la Provincia. Teniendo absoluta conciencia del poderío de Calfucurá, Juan Manuel de Rosas recibió a su emisario y reconoció al cacique como señor de la región.
Ello no significó en modo alguno la sumisión del caudillo indio a la conducción porteña. Por el contrario, siguió actuando con gran independencia, como lo demuestra un episodio acaecido en 1837, a raíz de una invasión de cuatro mil vorogas que llegaron desde Chile bajo el mando del cacique Railef. Después de una sangrienta incursión por Córdoba y Santa Fe, los invasores emprendieron el camino de regreso llevando como boyín un arreo de casi cien mil cabezas de ganado. Calfucurá les salió al paso con sólo mil lanzas en Quintucó, a orillas del río Agrio, y los derrotó por completo. En apariencia había cumplido con el restaurador, puesto que se constituía en celoso guardián del orden y perseguía a los ladrones, pero la realidad era muy diferente. No titubeo en quedarse con los cien mil vacunos robados (el aborigen no entendía de alambradas, solo de territorios y de lo que en él hubiera o consiguiera, sus códigos -no por ello menos honorables- eran otros), aprovechando la oportunidad para informar a quienes quisieran escucharlo que él, como "enviado de Dios", era el amo absoluto e indiscutido de los pampas.
Y lo fue durante un cuarto de siglo a pesar que las derrotas que las tropas de ejército nacional (léase ejercito del gobierno de Buenos Aires) le infligieron en repetidas oportunidades por la tremenda disparidad de poder combativo que daban las armas de fuego. Su lucha contra el avance del "blanco" (porque en las filas del ejército a muchos gauchos se les había quemado el moisés y no escaseaban todavía los negros), presenta a menudo ribetes increíbles: tal es el caso de la batalla de Pigüé. En 1858 los coroneles Granada, Conesa y Paunero coligaron sus respectivas unidades para combatir al "salvaje". El encuentro con Calfucurá y sus lanzas se produjo en el paraje que hoy ocupa la ciudad de "las encadenadas"; las bajas fueron tremendas por ambos bandos, pero los coroneles lograron quedar victoriosos finalmente. Lo asombroso del hecho radica en la duración de la lucha: el combate se decidió recién después de más de 48 horas ininterrumpidas de pelea. Ni siquiera entonces se consideró definitivamente vencido el mítico jefe indígena. Una muestra del fervor con que defendió sus territorios la proporciona precisamente su última gran batalla. El 8 de marzo de 1872 fue vencido en Pichí Carhué por las tropas del general Igancio Rivas. Cuando el cacique se retiró, los cadáveres de doscientos indios sembraban el escenario de la lucha.
Pleno de angustia pero con su bravía intacta, se retiró hacia sus tolderías para morir súmamente anciano entre los suyos, no logrando jamás un blanco tomarlo por prisionero ni exhibir trofeos de su pertenencia.
NAMUNCURA
Perseguido sin tregua con sus huestes diezmadas y famélicas, Manuel Namuncurá, otrora poderoso soberano de la Pampa, se encontraba ante una disyuntiva de hierro: morir peleando en lucha desigual o rendirse. El coronel Eduardo Ramayón anotó: "...llorando de rabia e impotencia fue a pedir a Reuquecurá, su tío, no armas ni guerreros, sino un rincón cualquiera para vivir proscripto a la sombra de aquellas coníferas gigantescas del sur...". Sin embargo, ese voluntario exilio cordillerano no era posible: también esa región sería incorporada a la soberanía nacional (léase despojada al indio por su exterminio) por los sufridos (y las más de las veces reclutados en levas forzosas) milicos de la mal llamada campaña del desierto (en realidad se trató de un genocidio). El 8 de enero de 1883, durante una ofensiva contra las tolderías del cacique Sayhueque, cayó prisionero un sobrino de Namuncurá ("garrón de piedra" en lengua indígena). Pocos días más tarde, desde Ñorquín, el comandante Ortega informaba que se había presentado en ese campamento el secretario de Namuncurá, Juan Paillecurá, con propósitos de paz. Es que las cosas se iban poniendo cada día más feas para el acosado araucano; ya tenía más de sesenta años, sus fuerzas flaqueaban y -para colmo- le habían capturado parte de su familia, incluída una de sus mujeres. Además, las altas montañas que le servían de refugio imponían un duro precio a cambio de esa relativa seguridad: las penurias, la miseria, el frío, el hambre, no tardarían en empujarlo hacia una decisión extrema.
Así las cosas, el padre Domingo Melanesio -un misionero llegado al Neuquén en esa época convulsionada- recibió un día la visita de varios indios de Namuncurá; los emisarios le anunciaron la rendición de su jefe y le solicitaron que intercediera ante las autoridades del invasor blanco, que ya habían rechazado varios pedidos de audiencia. Entonces los acontecimientos se precipitaron: el citado cura se comprometió a servir de mediador y envió a Namuncurá una carta en la que alababa su decisión y lo invitaba a acudir al fuerte Roca. Garrón de Piedra, tras unos últimos cabildeos, emprendió con su gente un largo y penoso viaje de 450 kilómetros hasta el fortín Romero, donde se presentó con 240 hombres semidesnudos y hambrientos, ante el oficial Morosini. La novedad -para entonces sensacional- no tardó en despacharse a Buenos Aires, donde la recibió el ministrode guerra Benjamín Victorica; en su respuesta, éste aconsejó que se hiciera bajar hasta Roca al jefe indio y a toda su tribu, y que se los tratara "bien", obsequiándolos y ofreciéndoles toda clase de seguridades (tal era el respeto que se había granjeado el derrotado).
Cuando namuncurá y su gente llegaron a Paso de los Indios, los comerciantes los recibieron con simpatía y hasta quemaron cohetes en su honor. Luego, en el fuerte Roca "le fue regalado un quepis de teniente coronel, el pantalón punzó con franjas de oro y el capote militar con presillas de coronel" (con el tiempo subyace la duda: homeneje?, humillación? maquillaje para presentarlo en Buenos Aires?). Dicen que mientras esperaba el momento de viajar Buenos Aires, recibió varias ofertas chilenas para reconquistar su territorio (los diarios militares que refieren el hecho, no aclara, con cierta tendenciosidad, si fueron de sus pares de raza o del gobierno trasandino), pero las rechazó de plano: su "patria" era la República Argentina (o acababan de convertirse sus dominios y su terruño en parte de ésta, lo que es bastante distinto, y el vencido actuaba por la preservación de los suyos). No tardaría en pedir al gobierno tierras y útiles de labranza para dedicarse a la agricultura. La singular comitiva del cacique sometido partió de Carmen de Patagones el 17 de junio de 1884, a bordo de un pequeño vapor francés; lo acompañaban varios capitanejos, un lenguaraz y una de sus esposas, Rosario Burgos, de dieciocho años de edad.
Ya en la Capital, Namuncurá y su gente fueron conducidos a la casa de gobierno y luego alojados el el cuartel de 1° de infantería, donde se les proporcionó camas y algunas comodidades. Su programa en la gran ciudad fue digno de un personaje de la mayor importancia (y él lo era en aquel contexto). Visitó a Victorica, quien lo acompañó al despacho de Julio A. Roca, entonces presidente. Cuentan que ya no había en él rencor hacia el genocida, y permaneció varias horas charlando y rememorando episodios de la lucha en el desierto. Antes de retirarse, Namuncurá le solicitó a Roca que se hiciera cargo de la educación de uno de sus hijos, Juan Quinturas. Por la tarde de ese día pleno de emociones, el cacique visitó con su comitiva el congreso, donde fue recibido por el senador Madero. Muchos de los presentes sentían una extraña y curiosa sensación al agasajar al que representaba a aquellos contra quienes guerrearon y ellos votaron repetidamente fondos para sostener la campaña. Con un último obsequio de Quinientos pesos fuertes que le hiciera Roca, la comitiva adquirió cierta cantidad de provisiones (yerba, azucar, dulces) y artículos suntuarios como collares pañuelos de seda y otras baratijas para las damas. Finalizados "los agasajos de reconciliación", retornó la comitiva al sur. Posiblemente no fueron tan bucólicos como se pintan los últimos años del otrora nómade guerrero, cultivando el suelo neuquino mientras crecían sus hijos y nietos (entre los promeros Ceferino , llamado "el lirio de la Patagonia"); posiblemente con la inteligencia que caracterizó a muchos de sus congéneres de raza, todo lo aceptó en pos de evitar el exterminio total.
En un rincón de su querida tierra que lo vio nacer, Garrón de Piedra encontró su última morada. Hoy sus restos descansan en Junín de los Andes, cerca de los suyos, que todavía luchan contra los despojos pero que prevalecieron y preservaron legados; entre algunos de nosotros, que con el tiempo hemos aprendido a releer la historia

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