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Empedrados de Buenos Aires

Así como el asfalto esconde al viejo empedrado de las calles, la historia oficial esconde ese empate de olvidos y recuerdos que forman la memoria colectiva de nuestro damero urbano. Este weblog de voces múltiples nos habla de un espacio en común habitado por mundos a descubrir ¡vamos a andar!

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lunes, junio 19, 2006

Megalópolis: el nido (novela atroz por entregas) Parte XI



XI

Caminaron tropezando con una correntada de gentes en todo tipo de ropa de noche, que iba en sentido contrario a los dos policías. Un chico con brazal y megáfono los tranquilizaba desde el techo de una Kombi y los guiaba hacia los micros, que se perdían en la negrura y la polvareda, a medida que se completaban e iban saliendo con los evacuados.
- ¡Dejen sus departamentos cerrados!¡Avisen de fugas de gas!¡Solo lleven ropa de abrigo! - eran las voces de recomendación. No había pánico, solo quejas.
A cien metros del supermercado, en su acceso lateral que enfrentaba al parque, se encontraban los dos últimos patrulleros y una veintena de policías con máscaras; hasta allí llegaron Robacio y Duronea, tosiendo y respirando con dificultad. Duronea tenía el grueso bigote poblado de un polvillo amarillento, el mismo que cubría el pelo de todos los que no tenían gorra. Los coches policiales cruzados en la avenida hacían de barrera frente a tres furgonetas que los enfrentaban. Desde el techo de estas últimas, unos veinte fotógrafos y camarógrafos con sus teleobjetivos, trataban de horadar la noche; usaban barbijos, antiparras, pañuelos, gafas, todo lo que los pudiera proteger de ese viento fétido, acre, que hacía arder la piel. El cordón de uniformados contenía a algunos curiosos y reporteros.
- ¡Inspector!¡Llegó el Comisario! - gritó un policía
El oficial llegó corriendo teniéndose la gorra con una mano y dos máscaras en la otra.
- Gracias Ruiz - le dijo Duronea agitado, reconociendo al inspector
- Buenas Noches Señor - respondió el oficial
- ¿Cómo está su gente?
- Bien Señor, gracias. Estábamos en el perímetro: un buen dolor de tímpanos y mucha tierra, nada más
Lentamente, el polvillo en suspensión comenzaba a envolver el lugar donde se hallaban
- ¿No salió nadie?¿No se vio nada?
- No y jay además un móvil de la comisaría 40³ por el otro lado de la avenida -dijo señalando hacia la oscuridad- que tampoco vio a nadie ni ve nada
- Desde acá tenemos ciento cincuenta metros al alambrado y trescientos al ingreso principal - le comentó otro agente a Robacio, que comentó como casualmente:
- Había un hombre cada cincuenta metros apostado en la línea del talud... son unos cuantos
- Lo que fuere que sucedió, no les dio tiempo a nada; ni corridas vimos - le contestó el inspector
En ese momento se acercaron las centellantes luces rojas de una autobomba de asalto del grupo de explosivos.
- Está bien Ruíz - dijo Duronea - Téngame a esta gente lo más lejos posible -señalaba al grupo de reporteros
Entre tinieblas subieron con Robacio a la autobomba, que parecía una especie de tanqueta blindada con un miriñaque para apartar escombros al frente. Al ingresar por la escotilla lateral, Robacio miró al vehículo de seis ruedas con tracción en todas ellas, que tenía sobre su superestructura todo tipo de equipo de demolición y extinción, además de dos cañones hidrantes en torres superiores una al frente y otra en la parte posterior.
- Tenga Walter - le dijo Duronea cuando tomaron lugar sentados entre diez efectivos más. Le alcanzaba un aparato respirador con tubo de oxígeno para reemplazar la incómoda máscara antigás. Robacio se adelantó luego a la parte de conducción de la cabina. Miró por los ventanucos laterales de la trompa: en el exterior, parado en un estribo, un hombre con traje antiflama manejaba un reflector rompeniebla.
El vehículo avanzó lentamente por la avenida; se sacudió al pasar sobre un poste de alumbrado caído y se acercó al acceso, internándose en la incesante y copiosa lluvia de tierra.



- Chequear todas las ventanillas cerradas - advirtió sin dirigirse a nadie en particular el conductor. El silencio era roto solo por el purificador de aire del habitáculo.
Sobre un panel lateral otro hombre chequeaba un sensor térmico y otro infrarrojo, con los que barría casi cinco kilómetros de diámetro.
- Hay un solo foco -informó al jefe del grupo de bomberos haciendo alusión al incendio
- Creo que deben ser los restos del helicóptero que se quema en su propio combustible por el tipo de señal - aclaró
El chofer casi no tenía visibilidad y, desorientado, dijo
- ¿Nos pasamos de la entrada?
- Parate - ordenó desde afuera el hombre del estribo. Giró lateralmente su reflector y recorrió lentamente lo que sería el frente del parque. Desde la cabina solo se encandilaban más con la refracción de la luz.
Con su mano enguantada golpeó el vidrio:
- ¡Bajen! - indicó a su jefe
Descendieron el jefe de explosivos con dos hombres a los que se sumó Robacio. Usaron una escotilla doble de la parte trasera, con una cámara intermedia donde se equiparon con trajes antiexposición.
Dando la vuelta al vehículo se acercaron al hombre del reflector, cubierto de polvo de pies a cabeza.
- Vengan - les indicó el jefe de explosivos y se acercaron hacia donde se suponía, se hallaba la acera junto al alambrado. Robacio se detuvo estupefacto: como si de los bordes de un cráter rocoso se tratara, un muro de escarpada roca granítica se elevaba a unos diez metros de altura donde antes se hallaba el alambrado. Parecía obra de una topadora gigante; se sacó un guante y lo tocó: tibio, durísimo, liso como pulido, quebrado por fallas como hachazos. Comprendió enseguida que ni el empellón más brutal del vehículo de bomberos, abriría brecha. Volvieron al vehículo a debatir qué harían.
- Podemos ponerle un par de cartuchos y volar alguna fisura para hacer un agujero - dijo el jefe de bomberos
- No - Duronea meditaba - Puede haber heridos al otro lado; avancemos lentamente por todo el frente para ver si se hace más bajo y es franqueable por algún lado
Así lo hicieron. Toda la roca era uniforme, en altura y consistencia. Ya no existía el estacionamiento, ni el acceso principal, ni las cabinas, ni nada reconocible. Finalmente encontraron al patrullero de la 40³ al otro lado del frente del parque.
El jefe de los bomberos usó la radio del vehículo.
- ¿Central, me copia? soy Reconocimiento Uno
Esperó la respuesta afirmativa
- Mándenme un grupo táctico anfibio por el riacho, a ver si puede acceder por atrás: diez hombres, armas de asalto y equipo de intrusión, todos con traje antiexposición; explosivo plástico C4, para darnos paso a nosotros si llegan hasta el frente - escuchó la respuesta por el auricular frunciendo el ceño
- No - fue terminante ante lo que escuchaba - No más de veinte minutos. ¡Muévanse que hay gente ahí adentro que puede estar viva o malherida!
Duronea lo aprobó con un gesto. Impotentes, sin otra alternativa que esperar, se sentaron en el piso de la tanqueta a la escucha de las novedades, que no tardarían en producirse.
- Jefe, el líder del comando anfibio - anunció el radiooperador después de diez minutos
- Abrí el parlante
Hubo un segundo de estática, luego habló un oficial.
- Reconocimiento Uno ¿Me copia?, ¿Jefe?
- Te escucho
- Visibilidad cero; bruma. Igual subimos la barranca de la ribera: está igual que allá; yo diría que parece una pared de más de diez metros de escombros graníticos...
El oficial hizo un repentino silencio.
- ¿Qué pasa? - preguntó el jefe
- Hay algo que... - se oyó al oficial hablar con sus hombres en la chalana de asalto
- ¡Vamos! ¿Qué pasa? - se impacientó el jefe
- Señor, hay una barcaza en el medio del riacho... con gente, va cargada de gente... apenas la vemos porque se ensancha acá el riachuelo, la canalización hace como una laguna de forma ligeramente hexagonal, fíjese en el plano... apenas si la vemos.
- ¿Estarán evacuando? Hay varios canales que desembocan en esa parte de la canalización
Estática en la radio nuevamente.
- No señor, es una barca de madera, extraña, parece muy rústica, no vi algo igual... está atestada de tipos extraños, no podemos ver bien
Escucharon al líder como le pedía al otro bote Zodiac que se acercara al lugar para brindarle apoyo. Se cortó unos segundos el audio; todos se miraron dentro del vehículo de reconocimiento.
- Comando anfibio ¿me copia? - reclamó el jefe - ¿Está ahí?
Apareció de golpe la voz del oficial desde el riachuelo
- ¡El agua hierve! - gritó histérico
- ¡¿Qué?!
Se oía un griterío entre los hombres del bote.
- Ay la puta... ¿qué es eso?... ¡Dispará carajo!
- ¡Me quemo! ¡Me quemo!
- ¡Ahí! ¡Salen del agua! Eso es... ¡La barca, tirá, tirá!
Por el parlante abierto de la radio del vehículo de reconocimiento se oyeron tres, cuatro disparos quizá, un último estampido y se cortó la comunicación.
- ¡Oficial! ¡Comando anfibio, responda! - gritó el jefe
Duronea se apoyó contra el mamparo junto a Robacio, frotándose la nuca con su manaza
- Hay que esperar la luz del día... no podemos perder más gente
Robacio asintió. Chequeó la espera luminosade su cronógrafo.
- Cuatro y veinte - dijo casi para sí.

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