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Empedrados de Buenos Aires

Así como el asfalto esconde al viejo empedrado de las calles, la historia oficial esconde ese empate de olvidos y recuerdos que forman la memoria colectiva de nuestro damero urbano. Este weblog de voces múltiples nos habla de un espacio en común habitado por mundos a descubrir ¡vamos a andar!

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lunes, septiembre 04, 2006

Rituales mínimos (cuando Buenos Aires tiene ese no se qué...)


Buenos Aires es una ciudad de eucaliptus. Sí, arbol imponente si los hay, la ciudad es pródiga en espacios verdes donde se los a arraigado. Todavía hoy muchos porteños hacia fines del otoño y principios del invierno, conservan un ritual inocente, gratuito y gratificante: en parques, plazas o bosques, grandes y chicos se entregan a la recolección de los "coquitos", el aromático trompito fruto de estos gigantes que llena bolsillos y bolsitas de los que mantienen una costumbre de varias generaciones. Parque Avellaneda (foto), Parque Lezama, los bosques de Palermo, Ezeiza, Pereyra Iraola, el Parque de la Ancianidad, la Plaza Arenales, las calles de Castelar, Banfield, San fernando o San Miguel; todos escenarios de la pagana recolección. El paseo, la caminata entre los imponentes troncos que mudan su rústica corteza hasta volverse tersos de blanca lisura, la recolección que nos llena de hojarasca y tierrillas, la clasificación de los mejores ejemplares (que no estén abiertos, podridos, aquellos aún verdes por arriba y blanqueaditos como por cal por debajo)... Luego en casa, los chicos divertidos miran como hierve el agua en el cacharro donde será depositado el perfumado botín. En mi hijo me remonto a mi propia niñez, cuando bullía el agua y se desprendía el bienhechor vapor de la lechera de aluminio que mi abuela apoyaba sobre la estufa Simplex que abrasaba a sus admiradores (perro y gato de turno) alimentada por la peligrosa manguera de gas. O en la fogarata de ramas en el fondo o en el terrenito baldío... Los inviernos porteños aún tienen casas con fragancia a vahos de eucaliptus, esos que hacen más agradable el encierro en los días fríos e inclementes y abrigan a las almas que se reconfortan en la añoranza.

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