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Empedrados de Buenos Aires

Así como el asfalto esconde al viejo empedrado de las calles, la historia oficial esconde ese empate de olvidos y recuerdos que forman la memoria colectiva de nuestro damero urbano. Este weblog de voces múltiples nos habla de un espacio en común habitado por mundos a descubrir ¡vamos a andar!

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domingo, marzo 04, 2007

Multitasking II ¿Yo Robot?

Amanece sobre el periférico barrio capitalino de Monte Castro. Estas cincuenta manzanas del ejido urbano, otrora quintas, fueron pobladas por inmigrantes que le dieron una fisonomía particular: casas bajas con extensos fondos donde la quintita, el almácigo o jardín fueron infaltables; las parras compartidas, un territorio pequeño fuertemente marcado: casi un pueblo para el que el “centro” de la ciudad era un lugar lejano.
Resistiendo avatares comunes a todo Buenos Aires (asfalto generalizado; la muerte de los cines; la irrupción de algún hipermercado; las líneas de colectivos que, como lanzas, atravesaron la paz de calles plenas de picados de pibes tras la redonda; la erradicación de los gallineros y conejeras; la desaparición de las pequeñas fábricas familiares...); el barrio se sostuvo en su calma chicha y su orgulloso ritmo de solidaridad y sentimiento de pertenencia hasta mediados de los ’90: la modificación del código de planeamiento urbano permitió una lenta pero constante proliferación del bosque de edificios paquetes de 7 u 8 pisos; la mishiadura abatió a familias que perdieron sus casas de añosas galerías y esmerados jardines, para que nazcan los dúplex o las mansiones suntuosas; la fibra óptica, monstruosa telaraña, avanzó sobre los pasajes más ignotos; la inseguridad, el ámbito transeúnte de su cada vez mayor centro comercial, recluyó a la gente dentro de sus casas...

Amanece en Monte Castro, es el barrio en el que me despierto.
La voz del radio-reloj despertador convoca a enfocar los ojos lagañosos de la primera hora. La penumbra se puebla de pequeñas fuentes de luz: leds, sí leds, esas lucecitas que viven en los artefactos de los que nos rodeamos; el “power” del aire acondicionado; el “stand by” de la TV y el equipo de audio; el “Rec” del VHS que está programado para grabar ese programa que, inopinadamente, va a las 0:00 de Los Ángeles, o sea las 5 de la matina; la multicolorida Palm que se carga en el enchufe de la cómoda y de pronto con una cacofonía de “bips” in crescendo y destellos luminosos, cobra vida la alarma del celular que, por si fuese poco, vibra.
Con la lucidez del estresante despertar, estiro la mano a la mesa de luz atrapando al telefonito justo antes que su sinuoso camino vibratorio lo arroje por el borde; consigo apagarlo luego de tres digitaciones fallidas sobre sus diminutas teclas. De otro manotazo encuentro el primer control remoto y, rápidamente, antes que las sábanas se transformen en cartón helado, apago el aire que se despide con un acorde de melodioso “piripipí”. Mi mano consigue llegar a la radio, manoteo la corredera para llevarla a “Mute”, pero no será por identificar la perilla (negra sobre el fondo negro del aparato), sino al ver desaparecer el punto rojo al lado de los dígitos refulgentes de la hora que conseguiré extinguir la frenética voz del locutor. En el camino de vuelta, tiro el vaso de agua pero encuentro otro control y consigo silenciar el zumbido enloquecedor del motor del la videocassetera. Un último control cae al piso, ya con la espalda contracturada de esta ejercitación a tientas, lo tomo e inundo el dormitorio con los rayos catódicos de “The Wheather Channel” , donde, antes de levantar la persiana y abrir la ventana, me dirán cómo vestirme, desde Atlanta, Georgia...
Me incorporo; un led parpadea en rojo nervioso al lado de la reposada lucecita de carga del teléfono inalámbrico: es el contestador automático. Son llamadas de ayer, pongo dos dedos sobre sendas teclas y apaciguo al furioso aparato. Ya en la cocina comedor, en rojo, verde o azul, la hora me acosa desde cada rincón: en el microondas, en el Hi Fi, en el DVD, en algunos juguetes que dejó tirados el nene... Hablando del microondas, sus tres “bip” me alertan, por sobre el bochinche de la afeitadora eléctrica, de que el desayuno está caliente.
Me visto y pertrecho: cinturón con estuche de celular, reloj, radio HT, agenda electrónica...
El ascensor me deposita en la cochera, lucho con los llaveros. Encuentro el primer control y un haz de infrarrojos hace que el auto cante la insoportable certeza de la desactivación de alarma. Me siento al volante y, mientras se calienta el motor, busco ya transpirado, el otro IR para abrir y cerrar el portón automático. Recorro las tres cuadras que me separan de la estación de servicio (o Servicentro si prefieren), chequeando veinte luces testigo y diez instrumentos de la consola del vehículo. Al llegar, al playero solo le basta digitar el importe de mi compra antes de pedirme las tarjetas, el surtidor hará el resto. Un plástico con banda magnética pagará el combustible con dinero electrónico o crédito; una tarjeta chip me tomará puntos para un plan de fidelización que me halagará con regalitos ¡maravillas del marketing! Satisfechos los pos (Posnet es ®) de las lecturas en interfaz de mis tarjetas, firmaré incómodamente apoyado en alguna tablita y luego de luchar con algunas de las llaves “esclavas” antes de encontrar la que cierra el tapón de tanque, buscaré mi camino entre el bosque de semáforos, tránsito y transgresores motorizados o de a pie, que conforman el anticlímax del placer de conducir; encima hay un ruidito en el motor que me obsesiona...
A dos cuadras de la estación del subterráneo (¿qué pensaste? ¿al centro en auto?: primero voluntario de bomberos en Chernobyl!), llego al estacionamiento de siempre (techo y barato). Me detiene la barrera amarilla; una cámara registra la patente y el poste de la barrera me escupe un ticket de papel con código de barras. Lo alcanzo luego de sacarme la clavícula de lugar y ruego para que no llueva, porque si el lector no lo reconoce, el hilo de láser óptico que activa la barrera me dejará varado. Camino los metros que me separan de la boca del subte; ya en la escalera mecánica, ansiosos y retrasados practican el “Juego de la Oca” salteando espacios y lugares entre pasajeros más pasivos, para ganar algunos centímetros y un par de segundos. De arrebato apoyo mi billetera (adentro está la tarjeta sin contacto del subtepass) contra el lector del molinete: jab al hígado; el monedero electrónico está vacío y el pulido brazo es duro como el de Tyson. Como en el juego, retrocedo veinte casilleros y voy a la cola de la boletería, donde me darán un cartón pintado con banda ticketing (PIN validador bajo una tinta que simula banda magnética). Si pago con un billete superior a los cinco pesos, me darán el vuelto en monedas de cinco centavos que deberé contar, retirar de la bacinilla de la taquilla o recoger del piso mientras me putea toda la cola. Otra vez a la carga. Introduzco el boleto en la ranura del molinete y le mando panza: directo al bajo vientre “Sacá el ticket de la parte de arriba boludo” me dice un amigo anónimo, ansioso porque la formación entra en el andén. Con el sonido del cierre de puertas salto al vagón y éstas me atrapan la falda del saco. Busco con la vista donde apoyarme, no importa: con tantos tipos por centímetro cuadrado uno no se puede caer ni desmayado.
Imagino en ese instante un “Jimmy” (brazo autómata que mueve cámaras de filmar) siguiendo al tren y, ligeramente más veloz, componiendo un cuadro en travelling: mientras un vendedor ambulante (busca) desgarra lo que queda de su garganta contra el ruido de los rieles y durmientes, sin advertir que en la otra punta del vagón un lisiado toca el acordeón a piano y en el centro un conjunto del altiplano prueba suerte con la quena, el siku y la gorra; muchos tipos están sentados mirando al piso o parados mirando la nada, como muñecos de barbilla caída o nuca tirante; por sus oídos entra el mundo: Discman, MP3, MP4 u otros adminículos, los encierra en sus burbujas perceptivas; otros en el falso anonimato que alienta compartir el espacio con un par de cientos de tipos, vociferan y gesticulan al aire con el celular o la “cucaracha” en la oreja: cierran negocios, putean al cadete o al jefe, se evidencian cornudos o psicópatas; algunos más cierran el cuadro con el gesto angustiado y la vista vacilante de la incertidumbre, sus ojos van de la dudosa señalética sobre las puertas (donde aparece el recorrido de la línea C y ¿ésta no era la D?) hasta los carteles electrónicos de los vagones o indicaciones de los esquivos andenes que confirman las sospechas; yo me bajo en la próxima.
En las cuadras que desando hasta mi lugar de trabajo, atravieso sendas peatonales donde me apuran, confundiéndome, el semáforo para ciegos con sus “bips” de ritmo cambiante y las siluetas titilantes que no dan tiempo a cruzar ni corriendo avenidas con demasiados carriles. Al llegar al edificio “inteligente” donde la empresa que me conchaba tiene las dependencias donde trabajo, paso mi maletín por rayos X, me despojo de llaves, teléfono y otras yerbas metálicas para posteriormente buscar en mi cinturón la tarjeta de ID (transpiro pensando que la olvidé) que insertaré en un lector mientras apoyo el dígito pulgar derecho en el sistema PKI para que escanée mi huella y verifique mi identidad. Una voz femenina pretendidamente sensual me dará la bienvenida indicándome el hall y ascensor a tomar, como si fuese un mogólico capaz de perderme, pero claro, están los visitantes... El ascensor de alta velocidad que siempre me pone los huevos en la garganta tiene una voz más añosa e impaciente: aunque me da la hora (¡otra vez!) y me indica temperatura y humedad, me compele a bajar rápidamente en el piso que pulse, so amenaza que falle la fotocélula y me den la marcación de dos centrales de Chacarita sus macizas puertas metálicas.
Ya en mi escritorio, prendo el HT de truncking, que me conecta con la gente que hace trabajo de campo, me “logueo” en la extensión telefónica, para que el IVR sepa qué informarle a los que me rompan las pelotas ese día y prendo el CPU de mi PC. Solo frente a la pantalla discurre el día y entre el outlook y el skipe, se abre el mundo de mis relaciones laborales: cientos de individuos de los que muchos no conozco voz ni rostro (mi webcam está siempre apagada; solo me enganchan para cagarme a pedos en alguna teleconferencia colectiva donde hay que hablar con los amos de Europa... y mirarles las caras). En el “break” hurgaré en el bolsillo para buscar los cospeles de las máquinas que me darán algún jugo lavatripas o café, en un ambiente pop-art con unos taburetes ano-atómicos porque te rompen el culo pero el diseño es una bomba. La chica del delivery del almuerzo me acercará uno de los pocos gestos humanos del día: una sonrisa o una cara de orto, según la propina o su humor.
No me tengo que olvidar de pasar por el cajero automático (máquina perversa si las hay) a sacar algo de guita pienso, mientras por la ventana miro la ciudad que habitamos con mis congéneres, a los que no veo, pero adivino tras otras ventanas...




No hay un temor a lo moderno. ¿Qué es lo moderno? ¿El automóvil, el teléfono y el alumbrado eléctrico en 1910? ¿La TV, el avión o la radio a transistores en los sesenta? ¿La imprenta en el siglo XV? A casi treinta y cinco años del post-industrialismo, el hombre común, la masa de la gente, a comprendido algo del mundo mecánico; escasamente entiende el universo del mundo eléctrico y remotamente comprende la actualidad electrónico-digital. ¿Cómo comprenderemos el nuevo contrato del un mundo inalámbrico del Wi Fi y las comunicaciones por Ethernet, donde la velocidad no será la de los vehículos de Los Supersónicos porque no habrá que moverse siquiera?
El problema que acecha no es ya que la única forma de entendernos sea desde el mundo de la técnica (como diría el tío Heiddeger); el peligro es que aunque nuestro ser se develara sólo bajo ese aspecto, hasta hace treinta años podía ser explicado y comprendido desde “Teleescuela Técnica” ¿recuerdan?. Dentro de poco, una inmensa mayoría no podremos comprender el mundo que nos inventamos, no podremos pensar sobre nuestra presencia, nuestro ser y nuestro existir, pues no habrá tiempo para ello (o no lo querremos tener por pavura); seremos un artificio más en el mundo de los autómatas: el que aprieta los botones.



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