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Empedrados de Buenos Aires

Así como el asfalto esconde al viejo empedrado de las calles, la historia oficial esconde ese empate de olvidos y recuerdos que forman la memoria colectiva de nuestro damero urbano. Este weblog de voces múltiples nos habla de un espacio en común habitado por mundos a descubrir ¡vamos a andar!

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martes, septiembre 30, 2008

Cafetín de Buenos Aires


El Café. El Bar. Quiero homenajear un lugar porteño por excelencia, y argentino en sus variantes. Omnipresente en todos los barrios, puede estar en cualquier lugar de la cuadra pero mejor si está en la esquina. Es el mejor lugar después de todo. La esquina es el lugar donde se unen dos calles. El bar, el café, es el lugar donde se juntan los amigos, los novios, los amantes, los estudiantes, los músicos y los poetas. Es un lugar para desayunar, para comerse algo rapidito y al paso, para tomarse un cafecito mientras se hace tiempo hasta..., donde se reponen energías con una merienda o una picadita, donde se cena nada complicado, o donde se puede ir a tomar una copa, o varias, hasta última hora. Las comidas formales, almuerzo y cena, en un café-bar que se precie de tal, no son más que minutas. Además de la sanguchería (sandwichería), destacan las pastas y las carnes, donde sobresalen las milanesas (ternera o pollo), los bifes o churrascos (mutados ultimamente a lomitos) y el consabido grillé de pollo. Algún día de la semana también hay filet a la romana y, en temporada fría, platos más suculentos como guiso de lentejas, locro, puchero, etc. Las guarniciones: ensaladas de todo tipo y todas las variantes de papa, a saber: fritas, españolas, puré... toda otra sofisticación se debe al agiornamiento del negocio gastronómico: menúes light, ejecutivos, estudiantiles, etc...

Pero volvamos al café-bar que quiero rescatar. Es el café-bar que no tiene picadas extravagantes: papitas,
manises, aceitunas, quesito, salamín y algún dadito de algún fiambre. El café no es ni chiquito ni en jarrito; es café o café doble. No hay machiatto ni ninguna de esas tilingadas dignas de Starbucks: solo, cortado o con leche. A lo sumo una lágrima, o leche manchada, como también se la conoce.

Es un lugar que tiene olores característicos y que varían según la hora. El olor del café recién molido, el de la plancha, el de la
fritanga, el del aliento a alcohol. Y así también varían sus sonidos y murmullos, el molinillo del café, la cafetera, la cortadora de fiambre, la plancha, el gallego que le pega a la milanesa, los clientes; a excepción de uno que se mantiene todo el día: el de la vajilla y los cubiertos que se utilizan, se lavan y se vuelven a utilizar, y que es como el latido del café-bar. A la mañana empieza lento, despacito y se vuelve más frecuente y bullicioso a medida que los clientes aumentan y el café-bar se despierta. A la noche, después del vermú (vermouth), la cerveza o el vino; la grapa, la ginebra, la caña o el whisky, o todo lo antedicho, el ritmo decrece y la partida de los clientes pa´las casas, va menguando y silenciando ese latido.

Al frente del local está el o los gallegos (la excepciones no hacen más que confirmar la regla). Atienden, elaboran, despachan, satisfacen, malcrían, escuchan, entienden, comentan o saben callar y no siempre cobran: algunos tienen cuenta corriente (o libreta de fiado). Dependiendo de su ubicación, allí se amontonan parroquianos, turistas y/o transeuntes. Gente de toda calaña. La reunión puede ser efímera o maratónica. Su objeto único: compartir. Se comparten el amor, la amistad, las preocupaciones, las trivialidades, los negocios, el juego, las trampas, el diario, el alimento, el tiempo, y también la soledad. Las mesas del café-bar han oído declaraciones de amor, composiciones literarias o musicales, palabras de aliento o de consuelo, fanfarronadas, planes macabros, declaraciones de principios, risas, llantos, mil y una forma de levantar minas y un millar de maneras para arreglar el país o el mundo. El café-bar ha sido el verdadero lugar donde se han fundado clubes de futbol, partidos políticos, grupos musicales, corrientes artísticas de todas clases...ha sido un escenario privilegiado del
drama nacional.

Y siempre con los mismos sonidos, y con los mismos olores, y con los mismos sabores y con los mismos sinsabores. Si esto les suena a un tango de Enrique Santos Discepolo han acertado. No por nada es uno de los tangos que más me gusta. Y siempre he pensado ¿qué pensaba? ¿qué lo motivaba? Yo creo que era esto de lo que hablaba en el párrafo anterior: el lugar que tenía siempre un único sentido, compartir. Por eso, he intentado, no escribir un tango, no reescribir ése tango, sino acercarme a ese lugar desde la imagen, el recuerdo las sensaciones de estar en un lugar conocido aún cuando sea la primera vez que entramos. Lo demás son anécdotas...






Si querés escuchar Cafetín de Buenos Aires por Edmundo Rivero
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