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Empedrados de Buenos Aires

Así como el asfalto esconde al viejo empedrado de las calles, la historia oficial esconde ese empate de olvidos y recuerdos que forman la memoria colectiva de nuestro damero urbano. Este weblog de voces múltiples nos habla de un espacio en común habitado por mundos a descubrir ¡vamos a andar!

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viernes, enero 20, 2006

Me contaron que bajo los empedrados

En la vía (Un encuentro subterraneo)

Conozco a Agustín una tarde fría de junio, mientras el subte “C” se queja de las curvas tortuosas a las que lo condenaron los cimientos caóticos de la ciudad, cerca de la estación Diagonal Norte. Garabatea un papel: ...“diez dedos largos y flacos y un manojo de palabras”... Hubiese reconocido en él al músico, sin necesidad de percatarme del voluminoso estuche del instrumento que compartía su camino.
- ¿Contrabajo? – pregunto curioso
- Violonchelo – La respuesta plagada de simpatía condescendiente, invita al diálogo; y me animo, pese al porte de cansancio de aquellos ojos.
El vagón está escaso de público y él parece casi aliviado al ver que yo tomo la iniciativa. Sospecho que la crisis nos azuza al contacto; a exteriorizar; a declamar; a compartir... Lo veo a diario, son desahogos públicos: en una cola, una sala de espera, un asiento del bondi... La resistencia al destino perverso, nos lleva a arrancarnos el anonimato de la piel; a la necesidad de arengarnos; de reinventarnos; de sacudirnos el letargo y el estupor, parientes cercanos de la resignación.
Cuando el vagón deja de chillar, me entero que Agustín arrastra sus veintidós años y sus ilusiones tres veces por semana, desde la periferia de La Plata hasta el Teatro Colón. Es un pibe con cara de nene, que levanta la sonrisa sobre una sola comisura frente a la ironía; delatando una mente despierta de una generación despojada. Mientras me confiesa que sus sueños lo sientan frente a un atril de la Filarmónica de la Ciudad de Buenos Aires; levanta una mano que sopesa sus posibilidades como si sostuviese una fruta jugosa. Luego, fija la mirada en su mano abierta y sé que no ve la presea, sino las chances que se escurren entre sus dedos crispados... Cierra el puño como desafiando a esta malaria que estrecha todos los horizontes; luego se relaja y deposita sus manos en reposo sobre las huesudas piernas.


En Moreno, nos interrumpe el niño rumano que pasea su desparpajo infantil, junto a las notas del acordeón al que el destino le encadenó, tan lejos de su Dacia natal. Completa su acto estrechando las manos de cada pasajero: algún miserable que estudió el marketing de la limosna, le ha enseñado bien cómo arrancarle chirolas a las conciencias, que en el subte viajan herméticas y encapsuladas. Agustín hurga en su bolsillo y calcula... sí, le puede dar una de veinticinco. Saliendo de Independencia, me confía que le cuesta ganarse el mango: las horas de estudio y la penosa periodicidad que le demandan las clases en el centro, alejan las pocas oportunidades de laburo formal que hay. Igual me cuenta que se las rebusca en una banda de Berisso, que frecuenta plazas y salitas de barrio; y en un cuarteto al que nunca le falta una velada en la casa de algún ricachón, o un casamiento judío. Pasando San Juan, la formación se detiene. Dínamos y compresores viejos martillean ansiosos esperando paso. Mi compañero músico va a perder su combinación con el tren; pero parece que está habituado a los sinsabores del proletario a pata: se acomoda mejor en su asientito del rincón y abraza el enorme estuche que atesora la mayor inversión de su vida. Siento una mano en mi pierna y descubro la estampita de San Cayetano que lleva firme su espiga: la morochita de trenzas ya avanzó, sembrando otras rodillas. La he visto antes, sé que no está sola: su madre con un bebé, aguarda en el último vagón; controlando discreta un recorrido que ella, a la sazón, ya ha hecho años atrás... Mi mirada se encuentra con la de Agustín: soy yo quien busca la moneda esta vez. El subte no arranca. Dudamos en invertir dos guitas en cuatro pilas ignotas... ¡Qué baratas, che! Pero estamos muy descapitalizados, otra vez será.

El piso de goma nos tambalea del tirón y entramos en la terminal. Pierdo a Agustín en el andén impregnado del olor típico a catinga y orín de Constitución. Lo vislumbro un instante fugaz, sorteando, chelo en alto, los molinetes. Me doy cuenta que no le dije mi nombre. No hubo despedidas, su cuerpo flaco y ágil tiene un rumbo y sus tiempos... En la escalera que da a la plaza duermen dos pibes llenos de hambre o de pegamento: Agustín está en la brecha, en un país que está en la vía...


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