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Empedrados de Buenos Aires

Así como el asfalto esconde al viejo empedrado de las calles, la historia oficial esconde ese empate de olvidos y recuerdos que forman la memoria colectiva de nuestro damero urbano. Este weblog de voces múltiples nos habla de un espacio en común habitado por mundos a descubrir ¡vamos a andar!

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sábado, mayo 20, 2006

Ciudad de Otros Es insano el calor de la fría fragua del cemento


Las cortinas del diablo

Uno de los grandes placeres de la vida es observar, siempre pensé.

Dios puso la vida ahí, toda junta, y el big bang nos mandó de un saque por el medio de esa inconmensurable creación. Dios, en todo se hace presente y, con parámetros celestiales, nos muestra esa vida toda, que a veces, parece demasiado para los simples mortales. Está ahí: para gozar, para sufrir... para elegir; un gran mecanismo cósmico, un plan que nos trasciende; siempre pensé.


Con esta idea, transito por la vida esta... observando, buscando indicios. Cada día, en los viajes menos heroicos, en los sitios más vulgares, en las situaciones más cotidianas, observo y busco; en lo pequeño y en el conjunto busco en la vida las trazas del plan, los rastros de Dios..., siempre pensé. Y Él, Él me llena de hallazgos, me colma de vida; me cubre de épica en el lugar más sórdido, en el trámite más corriente, en el sitio menos romántico...


Hace frío en la mañana cuando bajo del bondi y atravieso Parque Rivadavia. Observo a la gente que camina mirando al tránsito, mirando a los árboles y a los monumentos, a los grupos de críos que arrastran su sueño y sus mochilas a la escuela, al que pasea los perros, a los viejos que juegan ajedrez... Pero no ven, bajo las mesas que los puesteros hacen dormir contra el paredón, a las varias decenas de personas que allí se despiertan cada mañana. Hay que voltear a la izquierda... o a la derecha, según hacia dónde se camine; pero no, como si hubiera un obsceno telón nadie mira allí. Un linyera reciente de tupida barba gris y rostro de cansancio sin emociones, se percata que lo miro; está cerca y mi imagen se refleja en sus enrojecidos ojos azules. Como en cámara lenta, me aparto del camino y le extiendo uno de mis churros aún tibios. No me dice nada. Muerde, parpadea y en sus ojos... aparece Dios. Vuelvo a la senda, que se me antoja una cinta transportadora. La gente mira hacia delante; alguien, que me ha observado, lleva su vista del linyera a mí... nos mira como si fuésemos marcianos.




Al bajar del subte, en Catedral, hay un chiquillo recostado en la pared del andén: en su regazo otro pequeño dormido, casi un bebé... El chiquillo tiene su mano extendida, pero ni siquiera pide. La gente baja en tropel y mira... mira las indicaciones, las publicidades, los letreros, los televisores... mira hacia arriba. Una mujer se inclina sobre los niños y llena sus manos de golosinas y alimentos; veo que habla al mayor, más no escucho. La gente no la ve, pero en su marea, no los atropella; como si un velo cubriese la escena, hipnotizado, veo como estrechan filas y se van, mirando hacia arriba. En el tacto de esa mano que incorpora a los niños... adivino el tacto de Dios.




Vuelvo a casa en auto. Una calle estrecha, un semáforo perezoso, me detienen con varios coches por delante. Allá en la bocacalle, unos muchachos enjuagan parabrisas, y un inválido desanda su procesión vehículo por vehículo. Mira dentro de cada uno, pero no le ven. Las ventanillas, muy polarizadas para ver claro, son párpados de vidrio cerrados... Yo, que conduzco a vidrio bajo para sentir al viento y al motor, veo al lisiado que llega en su silla: no tiene piernas, tiene una sonrisa... con mi compañero le damos tres monedas y dos caramelos media hora; él, que nos ve tristes y cansados, nos da palabras de aliento y se aleja... en su voz, escucho a Dios. El Renault de atrás que, vidrios altos como persianas, no ve ni escucha nada, me sacude un bocinazo preguntándome por qué no arranco...



Siempre pensé, desde que tengo Fe, que Dios está en todas partes... pero para poder verlo, hay que correr esas cortinas que el diablo cierra a diario sobre nuestro corazón...

Sobre lo que siempre pensé... empecé a pensar. Dios, como las verdades, está siempre frente a nuestras narices, ese tipo, que no tiene cuernos ni usa tridente, que todos llevamos adentro, le cierra el telón a esa parte de ser humanos que vale la pena ser vivida, siempre pensé...


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